“La tía”




 Marcela vivía en la casa de su hermano, el cual después de la muerte de sus padres, le propuso que viva con él. 

Esto había pasado cuando Marcela tenía 14 años. Por eso su hermano y su cuñada la consideraban un poco como la hija. Ellos cuando Marcela cumplió 15 años tuvieron un hijo varón, al cual llamaron Ernesto. Ese bebé había sido muy deseado, tanto por sus padres como por su tía, que esperaba compañía.

Como la casa no era muy grande, pusieron a Ernesto en la misma habitación en que dormía  Marcela.

La joven tenía espina bífida, por lo tanto, no podía moverse de la cama sola, pero gracias a años de terapia y una buena silla había logrado bastante independencia. Trabajaba en un kiosco al lado de su casa y manejaba sus cuentas. Tenía una pareja masculina y una amante femenina desde muy chica.

Cuando Ernesto tenía 9 años empezó a notar que su tía tenía la piel muy suave, un par de tetas que llamaban la atención y una gran cola. Él esperaba que Marcela se duerma, entonces la exploraba con sus manos muy suave para que ella no se despierte. Esto siguió pasando. 

Cuando Ernesto estaba por cumplir 17 años, Marcela le preguntó que quería que le regale y él le dijo que nada… entonces ella le dijo que ya sabía que regalarle.

La noche anterior a su cumple, Ernesto cumplió con el ritual de exploración, pero de pronto, a las doce, sonó una alarma, Marcela dijo feliz cumpleaños!!…y con su mano lo tomó del pene y con una voz muy suave le dijo: siempre estuve despierta bebé! 

Ernesto quedó paralizado mientras su tía no paraba de chupar y besar su pene, al igual que todo su cuerpo. Después lo puso entre sus tetas, le dijo que se acueste sobre ella y la penetre…. él lo hizo. A esta altura ya no estaba paralizado…estaba disfrutando de la mujer que había deseado toda su vida. Ella también disfrutaba porque aunque había tratado de evitarlo, los momentos de exploración  por parte de él la excitaban cada vez más.

Cuando terminaron después de varias horas ella le dijo, a partir de ahora como siempre vos tu vida y yo la mía, a la noche nos vemos. El tomó su bastón blanco, y se fue a su cama.

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