Pedro, Luis, la portera y su hija
Pedro y Luis eran hermanos y habían decidido vivir juntos en una especie de colaboración mutua. Pedro era delgado, cabello oscuro, ojos azules y tenía distrofia muscular, lo cual lo hacía usuario de silla de ruedas. Luis era petizo, algo rellenito, morocho de ojos azules, algo achinados. Ambos sabían que a Pedro no le sobraba tiempo.
Luis levantaba a Pedro de la cama, lo bañaba y lo acostaba; mientras Pedro llevaba las cuentas por que era bueno con los números. Pedro tenía 20 años y Luis 21.
Alquilaron un departamento en un edificio bastante antiguo, pero accesible. En el mismo vivían la portera, su marido y su hija de 18 años.
Bety la portera, tenía 65 años, el pelo largo y teñido de color claro, tenía ideas algo arcaicas. Su hija, Patricia, era más abierta. Ella era alta, morocha y con buen cuerpo, dichos atributos los había heredado de su madre.
Patricia y Luis se gustaron de entrada, lo que preocupaba mucho a Bety.
Ella no hablaba con Luis, pero trataba con mucha ternura a Pedro; una vez, le dijo “yo no tengo problema con que Patricia esté con vos, porque vos no podés hacer nada, pero con Luis no”. En ese momento, Pedro empezó a pensar en el escarmiento.
Como el marido de Bety casi siempre estaba de viaje, porque era camionero, ella siempre lo invitaba a cenar para no quedarse sola. Una noche Pedro le dijo a Luis que invite a Patricia, que él se ocupaba de Bety.
Cuando vió que el marido salía, le preguntó a Bety “¿qué comemos hoy?”, “ravioles”, dijo ella, “bueno, andá a buscarme a las 10”, dijo él.
Mientras Pedro y Bety cenaban, en el otro departamento Luis empezaba a sacarle la ropa a Patricia, ella hacía lo propio con Luis, casi desesperadamente. Entonces él la beso… y ella empezó a acariciarlo y recorrer con su boca todo su cuerpo de una manera muy suave y lenta, lo cual hacía que Luis no pudiera controlar su excitación, y cuando ella metió su mano notó una gran erección y ya no pudo frenar.
Mientras tanto en el otro departamento, cuando terminaron de cenar, Pedro le preguntó si había postre, Bety dijo que no, como pidiendo perdón, y entonces él le dijo: ¡hay postre! acercate; estaban en la mesa de la cocina que era de madera clara, el ambiente era cálido y poco iluminado, sólo había un foco amarillo que alumbraba justo sobre la mesa. Bety estaba sentada a su derecha, entonces él dejó caer su mano hacia ella acariciando su pierna, observando que debajo de esa camisa de jean con broches no había nada, ella tembló un poquito y él se dió cuenta, entonces tiró, y la camisa se abrió.
Ella estaba confundida pero no dijo nada. Él empezó a besarle los pechos, ella no podía creer lo que estaba pasando, él le dijo tocame y ella preguntó ¿dónde? Él contestó con su mirada hacia abajo.
Betty tocó y exclamó “¡¡¡WAU!!! no pensé que podías tener una erección!” El dijo: “sí, ¡puedo! y puedo mucho más. ¿Te acordás de lo que me dijiste una vez?” Bety dijo: ”es que no pensaba que podías, ¡tampoco pensaba que era tan grande!” Entonces Pedro le dijo: si te gusta vas a hacer todo lo que yo te diga. Ella asintió, entonces él le pregunto si había algo que la incomodara y ella dijo: “no me gusta el sexo anal y tampoco el sexo oral”, entonces él le ordenó que se desnude, que le ponga un condón y que se siente sobre su pelvis de espalda a él. Ella obedeció. Pedro la tomó de la cintura y la penetró pero no donde ella esperaba. Lo hizo muy suavemente hasta lograr una penetración profunda, logrando que ella no pare de gemir “ay ay, ay”. Con una sonrisa ella lo miró y le dijo que una sola vez había dejado que su marido lo haga, y a pesar del dolor iba a obedecerlo.
Después de un rato volvió a ordenarle ahora arrodillate arriba de los apoya pies. Bety dijo: “no me gusta” a lo que él respondió “a mi sí!”. Entonces obedeció. Ella quiso ponerle otro condón, pero él dijo, “¡sin forro! ¡Chupa!” Ella tomó con ambas manos su pene y lo dirigió a su boca, primero lo rozó por sus labios, y tímidamente su lengua comenzó a actuar. Él jadeaba como un perro y eso a ella la calentó mucho haciendo que olvidara su asco y lo chupara con todas sus ganas hasta tragarse la última gota. Ella dijo “esto jamás pude hacerlo”. Luego le dijo que vuelva a sentarse sobre su pelvis pero esta vez de frente a él, estuvieron así un par de horas disfrutándose mutuamente.
Entonces Pedro le dijo: “a partir de ahora no vas a molestar a los chicos, porque sino no vengo más a cenar” Ella le juró que nunca más iba a molestar. Entonces Bety, que nunca había sido sumisa, se convirtió en esclava de Pedro.



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