El milagro de la hermana Juana

 Juana era una joven novicia que había entrado a la congregación para escapar de sus deseos. Había empezado hacía poco a trabajar en el cotolengo.

Carola siempre había vivido en ese lugar internada, porque la habían abandonado. Ella tenía parálisis cerebral y las monjas no sabían cómo comunicarse o cómo ayudarla. Ella se movía un montón y era difícil entenderla.

Carola y Juana tenían la misma edad. Cuando la novicia llegó a ese lugar la madre superiora le dijo que se encargara de Carola.

Carola era pelirroja y de ojos azules, tenía buen cuerpo, grandes pechos y era muy simpática cuando la entendían.

Juana era morocha, con ojos negros y debajo de su hábito se notaba un cuerpo redondeado y sensual.

Ella tampoco sabía cómo abordar a Carola ni cómo ayudarla. Notaba que se movía más cuando estaba en la cama que cuando estaba atada en la silla.

Juana no pensaba atarla a la cama, entonces pidió autorización para que Carola durmiera en su pieza, optó por acostarse con ella y abrazarla, y funcionó. Ella también se ocupaba de bañarla. La monja no se daba cuenta al principio pero durante el baño se ocupaba demasiado de los pechos de Carola. Pero esto no molestaba a la interna, al contrario era la primera vez que le gustaba que alguien la toque.

El tiempo fue pasando, Carola empezó a hablar más claro y sus movimientos se fueron calmando.

Una noche, Juana estaba acostada casi sobre Carola entonces esta empezó a acariciarla, la besó en el cuello y luego sus labios. Entonces puso su mano en la vagina de la monja que se alejó, pero Carola le dijo que vuelva que la amaba y Juana volvió y la besó con ternura en la boca. Mientras tanto la mano de la joven estaba dentro de la monja (el dedo mayor se movía involuntariamente) Juana entró en una especie de éxtasis y una catarata enorme brotó entre sus piernas.

Después hubo un cambio de roles y fue Juana la que introdujo su mano primero y  su lengua luego en la vagina de Carola. Al otro día todo el cotolengo comentaba el prodigio: Carola parecía otra persona, se movía pero mucho menos y hablaba claramente. ¡Era un verdadero milagro!



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